mar
Me llego hasta la raña por ver la tormenta perfecta. Busco el horrísono ulular del viento, el chasquear de ramas de olivo, el retumbar de truenos y, en caso de absoluta suerte, el tronchar de árboles imponentes. No puedo. Que no puedo subir a la raña porque lo que siempre ha sido el cauce seco de un arroyuelo, es hoy primo hermano del Ganges del tal forma que sólo teniendo el don de andar sobre las aguas pudiera yo alcanzar mi objetivo. Dejo el pueblo y bajo a la ciudad. Allí ulula el horrísono estruendo de emisoras episcopales que braman porque la tormenta perfecta no llega, no mata, no destroza. Así como los sindicatos no pegan fuego, así la tormenta no acogota. ¿Se puede enderezar un país así donde las cosas no terminan en catástrofe? Menos mal que como siempre, nos salva Francia. Allí sí que hay un gobierno serio y una tormenta de padre y muy señor mío. Qué felices deben ser los primos franceses de nuestros apocalípticos: allí sí pasa lo que tiene que pasar. ¿O no hay?