Que algo se está haciendo contra la crisis lo vengo notando yo hace algunas semanas. En mi supermercado, la tradicional lata de Mahou que tantos buenos ratos ha dado a familiares y amigos mayores de edad, ya no está. Ha sido sustituida por una lata más grande. No estoy por la labor de beber más asi que rompo una tradición de siglos y busco Amstel. No sirve de nada, ha crecido un 14 por ciento y lo pone bien grande en la lata. ¿San Miguel? Iluso. También ha pegado el estirón, como adolescente. Sobrevive apegada al tamaño de 33 cl. Cruzcampo. Supongo que ahora que ha pasado el mundial y como patrocinadores de la roja que son, van a hacer la lata más grande, casi tanto como la bandera instalada en Colón. Antes, antes de la crisis quiero decir, los tamaños mega lata sólo podían encontrarse en el Lidl. Eran todos tamaños extranjeros. Lo nuestro ha sido botellín, tercio y bote. Parece que se ha acabado, que vamos por la senda de Europa para sofocar la crisis. Con más cerveza. Es que están en todo.
En cuanto comienzan los acordes de La Marsellesa, me afranceso. Es como un impulso al que no puedo oponerme. Formo mis batallones ciudadanos y allá voy. Pero en cuanto pita el árbitro, ya estoy donde no debo: tras la bandera del toro. Casi como el doctor Jeckyll y mister Voltaire. Ahora, desde que los publicitarios inventaron lo de la “roja” ya veo la cosa con más tranquilidad. Antes me invadía la desazón de compartir deseos con Alfonso Ussía lo que me provocaba sudores fríos y una desconsolada congoja. La selección es para mí la única oportunidad de aplaudir a los jugadores del Barcelona sin que me remuerda mi conciencia blanca. Ayer vimos a los rojos acabar con los azules. Con elegancia, con determinación, con juego. Quiero decir, en el fútbol.