En (Cosas) por Enrique M. de la Casa el 21-05-2010
Dice mi amigo Fernando que gracias a mi conoció a su mujer. Y está feliz con ello. De esto hace ya el tiempo suficiente como para que sus hijos le saquen dos cabezas al padre. Nos encontramos en Ayarkon. El venía de un país imposible y yo iba a conocer un modo de vida que se acababa. Fernando se fue buscando fortuna a Australia. Huyendo de la policía de inmigración vino a España donde esperó pacientemente a que los suecos le dejasen entrar al país con un doble propósito: casarse con aquella a la que conoció allí donde nos conocimos los dos y entregar lo mejor de su vida laboral al modelo de Estado de Bienestar. En aquel país fronterizo él se ligó a una sueca y yo aprendí a cargar inmensos camiones de pollos que llegaban muy de madrugada. Quizá alguno conducido por el chófer que Fernando apodó El Gran Guidí. Esa broma sólo la podíamos entender los que sabíamos de la existencia del Gran Nelson (el actor Nelson de la Rosa). A mi me gritaban que cargasen los pollos shmoné, shmoné. De ocho en ocho. Coge cuatro pollos talluditos en cada mano, transpórtalos por miles al camión y cuéntame cómo terminan el brazo y el dueño del brazo. Eso sin mentar el olor que conservo todavía en la pituitaria. Ahora Fernando es gran tualetólogo allí en el frío Gotemburgo. De esta materia que se aparece en el recuerdo, están hechos los sueños.
En (Cosas) por Enrique M. de la Casa el 20-04-2010
A la derecha del balcón de mi casa forma la bandada de garcetas. En cuanto el sol declina, un tropel blanco busca su sitio en la orilla del río. ¿Habrá comodidad en esas humedades más agresivas cuanto más invierno? Debe haber porque no faltan a su cita con el descanso. Cuando amanece, comienza el trinar y la huida hacia no se sabe dónde pero seguro que a la busca de comida. Se posan por cientos en tierra o sobre el frágil cañizo de la enea. Todo blanquea. De vez en cuando, los más inquietos, dos o tres, se mueven, buscan mejor sitio, mejor acomodo para pasar la noche. Cuando el sol desaparece todo es quietud. ¿Las ratas de agua producirán bajas desapercibidas en el aluvión?
A la izquierda de mi balcón forma la banda de mirlos. Negrea el cable que tensa la pluma de la grúa. Al caer el sol, de a pocos cada vez, van apareciendo. Hacen alto en mi balcón o sobre tejados vecinos antes de lanzarse a buscar el sitio que mantendrán toda la noche. ¿Se posan sobre el travesaño de hierro? No, es sobre el cable de acero que, a lo lejos, asemeja un gordo cordón negrísimo. Supongo que ahí están más cómodos. También soportan ahí, a la intemperie, el duro frío del invierno. No sé si les llega la humedad del río pero seguro que les corta un viento glacial. En el grupo no existen las dudas que se dan entre las garcetas, el que llega se queda y no muda de parecer. Al amanecer, todos levantan el vuelo y forman un damero blanco y negro con el fondo azul del cielo.
En (General) por Enrique M. de la Casa el 05-04-2010
Abrimos el paréntesis entre los días del trabajo y los deberes para mirar qué sucede en lo pequeño. De qué pasta están hechos los días tranquilos. Con qué material se confeccionan los sueños de a diario. Los años ya van dando para menos prisa y más mirar. Por ejemplo: consumir un robusto de Condal mientras se ve pasar la mañana de madres jóvenes y niños revoltosos, de perros descarriados y atletas de domingo. Otro más: ensayar y fracasar en el deseo de perfeccionar la torrija que no me apasiona pero a la que no puedo dejar en paz para alejarme de la tradicional receta. Otro: confitar bacalao para que el potaje de vigilia cambie de aspecto que no de sabor ni de ricura. Y otro más: saber que los campos de la meseta están llenos de los últimos acólitos de la cocina de supervivencia que fingen recoger espárragos, cardillos y collejas por su insuperable sabor cuando en realidad lo que alimentan es el recuerdo de los días negros pero vividos tan jóvenes que parecen relucir en la distancia que ya es sideral. Y otro: pensar que es necesario hacer algo y no hacerlo, por el puro placer de faltar a la ética del trabajo, de engolfarnos en la impostura de una vida que quisiéramos rebelde a ratos pero otros ratos burguesa y apacible. Volvemos a la rutina de la espera, de que llegue el próximo paréntesis y parezca que algo va a pasar, definitivo, exacto, imborrable. Aunque luego todo sea el mirar pasar las horas con los ojos velados de melancolía.
En (General) por Enrique M. de la Casa el 08-03-2010
El fuerte viento que nos visita de vez en cuando durante este larguísimo invierno, sirve como diversión para pájaros. Vencejos al caer o gaviotas que no se fueron, echan un pulso contra el viento. Cuanto más violento el empuje, más porfía del pájaro. Aletean con fuerza, no avanzan, se quedan suspendidos en el aire, se vencen con brusca torsión y, en el caso de las gaviotas que veo delante de mi ventana, caen hacia el agua de un Tajo crecidísimo. ¿Se mojan? No. Levantan con decisión el vuelo y comienzan el juego. Después de diez o quince minutos, quizá fatigados, quizá aburridos, los pájaros se desentienden del ventarrón para buscar nuevas aventuras o quizá más comida, o material para el nido. El juego me saca de la lectura, me lleva a apostar contra mí mismo sobre cual de ellos se vencerá antes, cual retomará la lucha, cual se rendirá… De este divertimento no participan las cigüeñas, quizá más serias, con más leyenda, representantes de un mundo poco dado a la diversión. Las cigüeñas se agrupan en la isla que parte el río en dos, ajenas al viento, picoteando en el suelo, mirándose unas a otras. No prestan atención a las gaviotas. Son de otro mundo.
En (General) por Enrique M. de la Casa el 18-02-2010
De unos años a esta parte los cormoranes han colonizado el tramo del río que discurre frente a mi casa. Cada día se afanan en buscar entre las sucias aguas algún pez engordado a base de detritus. La última crecida ha traído un gran tronco que yace varado frente a mi balcón. Allí se suben los cormoranes tras su buceo y aletean. No sé si lograrán secarse porque la lluvia no cesa pero cuando el sol logra vencer al temporal, las aves negras se solazan como dormidas. Ahora mismo el río tiene el agua que no he visto pasar por el puente en los últimos quince años. Parece el río de ayer. Es marrón, arrastra barro y enea, impide a los piragüistas asomarse siquiera a esa corriente fuerte y a esos remolinos peligrosos. Han abierto las compuertas de los pantanos y el Alberche lleva mucha agua, y la Portiña lleva mucha agua y, por tanto, el Tajo lleva mucha agua. Tanta agua que los patos buscan refugio en los remansos para no luchar contra la corriente. Tanta agua que las garzas no duermen en la ribera, asustadas. Tanta agua que sólo los cormoranes se atreven a desafiarla.
En (Cosas) por Enrique M. de la Casa el 22-12-2009
Abro el día mirando a lo lejos entre la poca luz que da el no amanecer de los días muy nublados. Abro los oídos para escuchar los enlaces a los músicos callejeros que me ofrece Pedro Pablo, además de una compartida y deseable poesía. Aparco definitivamente a Rizal que me ha costado un sufrí. Acabo con Bernie Gunther porque lo bueno de la trilogía “Berlín Noir” se hizo irreparable chapuza dos libros más allá. Me preparo para el día hipócrita con copa institucional. Traigo traje. Me aislo en una ensoñación gastronómica: qué hacer para conseguir que cocinar siga siendo una terapia en días en los que ya no apetece buscar la excelencia sino la tranquilidad de lo sencillo y sabroso. Procuro que esta pamplina de zambombas no se me suba a la cabeza y termine montando el belén. Recibo a mi hijo y cierro los preparativos para volver a Lisboa. Fuera llueve y la melancolía se instalada a este lado del cristal. Llueve y llueve para apagar el fuego del deseo de un cambio. Llueve para que todo sea sencillo y cercano, alejado de ensoñaciones. Pragmático. Por tanto, la tabarra de San Ildefonso es una banda sonora en el paisaje melancólico de los días que son lo que fueron y mellizos de los que serán.